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Mis idílicas vacaciones en la costa portuguesa


Francisco Padilla | 09 de febrero de 2022

hombre sobre tabla de surf mirando al horizonte

Imagina que ahora mismo te encuentras recostado en el océano atlántico, la costa al fondo… tú solo con una tabla de surf. Estás apoyado sobre ella en calma y observas el precioso horizonte. Un olor a mar increíble impregna el aire y la espuma desprende un brillo propio de las estrellas en el cielo. Se respira una enorme tranquilidad y te invade una indescriptible sensación de bienestar y paz. Aunque es agosto no hace un calor sofocante, la temperatura es perfecta.
 

Hay veces en las que el aprendizaje es lento, pero lo que a mí me ocurrió, en un suceso que no duró más de 40 minutos, fue un Máster en Vida.


La costa del sur portugués, un paraíso para los amantes de la gastronomía, la naturaleza, las puestas de sol en el mar y las escapadas con sentido…

Llegué a este trocito de cielo en la tierra con un amigo. Para los andaluces el Algarve es una región muy cercana, yo diría que con similitudes al sur de España en casi todo.

Sagres y el mar

Fuimos en un coche que alquilamos en el aeropuerto de Málaga. Había un mini disponible y decidimos cogerlo ya que éramos solo dos y, siendo verano, no llevábamos mucha ropa.

Esta vez nuestra parada lusa fue en el hermoso pueblo de Sagres. Es un enclave que lo tiene todo, pero sobre todo “buenrollismo” y surf. La idea era disfrutar de 5 días de deporte, naturaleza, salidas, visitas a pueblos cercanos y sobre todo mucha, pero que mucha mar.

El día en cuestión en el que ocurrió la historia, comenzó con una ruta en bicicleta por el cabo de San Vicente. Era una mañana perfecta, ni una nube en el cielo. El sol arreciaba de lo lindo desde bien temprano y no hacía ni una pizca de aire. Fuimos paseando a un ritmo tranquilo. Un pedaleo constante, pero suficiente para ver con detalle los acantilados que había a nuestra izquierda. Nos parecía increíble que pudiéramos estar a tanta distancia del mar y, a la vez, tan cerca.

Avanzando en nuestra ruta divisamos al fondo el fuerte que defiende el cabo, blanco y lacado como los pueblos blancos de Cádiz. Era muy hermoso, no muy alto, sin duda construido no solo para defender, también para deslumbrar.

Conforme nos acercábamos el viento empezaba a soplar con intensidad, en pleno océano atlántico, no había nada delante que nos resguardara. Aun así, llegamos sin demasiados esfuerzos, soltamos las bicicletas en la puerta y nos adentramos en esas murallas. 
 

Era un sitio precioso, con unas vistas del océano espectaculares y una acogedora terraza donde relajarse y tomar algo. Bien podría definirse como un paraíso para yoguis. 


Después de disfrutar de aquella belleza, nos volvimos a casa, recorriendo nuevamente el camino de los acantilados.

Tras el almuerzo, descansamos un rato y nos fuimos a la playa a buscar olas.

Aparcamos el coche en una ladera, repleta de hierbas, plantas y alguna vegetación silvestre. Desde arriba las vistas eran estupendas y bajando unos 50 metros se desplegaba la playa. Acantilados a derecha e izquierda y, al final del camino de tierra, la playa. Bajamos con las mochilas y llegando a la arena nos encontramos un kiosco de madera, muy bonito, con un aire retro y un pelín abandonado, que le daba todavía una imagen más entrañable. Allí alquilamos dos tablas y nos dirigimos al mar. La playa de fina arena era grande, tendríamos 50 metros hasta el mar. Es realmente hermoso el que haya tantas playas vírgenes en nuestro país vecino. Sin construcciones ni “civilización” cercana.

surf en la costa portuguesa

A pesar de que hacía un día muy bueno, el mar estaba raro. Olas irregulares, tramos con resaca y muchísima fuerza. No había más que tres personas en la playa. Había fiesta en otra zona y allí estaban metidos todos los veraneantes, que tras haber surfeado por la mañana, disfrutaban de otra manera la tarde.

Entramos los dos al agua. Tener la playa para nosotros solos era algo realmente increíble e improbable que sucediera otra vez. Tras un rato, mi amigo decidió salir del agua y tirarse sobre la fina arena, el cansancio de la ruta en bicicleta le estaba pasando factura.

Es en este momento donde enlazo con el comienzo del relato. Estaba a 100 metros de la orilla mirando la costa con el sol a mi espalda, apoyado en la tabla. La sensación de paz era enorme, la tranquilidad palpable y el lugar inmejorable.

Comenzaron a venir de nuevo las olas, había que ponerse en acción. El nuevo ciclo de olas era algo más grande que las anteriores y con más fuerza. Así que me dispuse con toda la intención y la atención a cogerlas. La primera se me escapó, pero para la segunda ya me encontraba en buena disposición. Sin embargo, en ese momento resbalé de la tabla y caí al agua. Hasta ahí todo bien. Me dispuse a tirar de la goma que unía mi pie a la tabla, pero incrédulo, descubrí que el invento se había roto. La tabla se había escapado y estaba llegando a la orilla... sin mi.

Solo en el mar… a 100 metros de la playa… no era tanto, podía nadar hasta la orilla. Miré a mi alrededor, no había nadie ni en la playa, ni surfeando dentro del mar. La resaca era tremenda, cuando tuve la tabla no la detecté, pero en ese momento que me encontraba luchando contra los elementos me di cuenta de su fortaleza. Las olas iban creciendo cada vez más…
Olas en la costa portuguesa

Todo el que conoce algo de mar sabe que la resaca se evita moviéndote en lateral, entonces llegas a otra zona donde el mar te lleva hacia la playa. El problema que tenía en ese momento es que si me movía en lateral me dirigía a una zona rocosa y con el oleaje que había era peor el remedio que la enfermedad.

Cada vez que estaba en el valle de la ola perdía de vista la costa y cuando subía al pico intentaba mover los brazos para pedir auxilio, pero no había nadie para socorrerme. Mi amigo, que era mi esperanza, estaba dormido. Voceaba, pero con el sonido de las olas era imposible que alguien me escuchara.

Mis niveles de ansiedad comenzaron a subir hasta el punto de faltarme la respiración. Decidí nadar contra la resaca e ir acercándome a la costa. Sabía que no podía luchar contra la corriente, pero mi esperanza era acercarme a la playa y así ganar algo de tranquilidad.

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Nadé en sprint con todas mis fuerzas y logré avanzar 20 metros, que rápidamente perdí en el momento que paré de nadar. La resaca era enorme. Entonces me empezó a rondar por la cabeza la idea de que quizá me podía ahogar allí. Estaba totalmente solo en esa playa y no había nadie que me pudiera ayudar. Hiperventilaba en un mar bravo, con resaca y agua fría… el cuerpo se me empezaba a cortar. Apenas podía pensar mientras esquivaba olas. Por momentos estaba bajo agua y por momentos fuera mirando hacia la playa. El mar me subía y bajaba a su voluntad perdiendo de vista la tierra por momentos.

Con los músculos agarrotados por los nervios y por el miedo, confieso que tenía ganas de llorar y que la angustia se había apoderado de mí. 

Intenté calmarme y adaptar mi estrategia a las circunstancias: dejarme llevar por la resaca, separarme de la costa, salir de la zona rocosa y moverme lateralmente hasta encontrar una corriente que me dejara nadar hasta la costa. Estaba cansado de la actividad deportiva de todo el día y en esos instantes me pesaba más que nunca.

Así lo hice, me dejé llevar hacia dentro, unos 20 metros más. El sol se estaba yendo y pronto se haría de noche, lo cual me producía más terror, porque no había perdido la esperanza de que alguien me viera. En ese momento me puse a nadar en lateral y entre el oleaje me fui moviendo hacia mi derecha.

Las olas, de unos 3 metros, azotaban con toda la fuerza del océano atlántico. Conseguí pasar detrás de las zonas con rocas, así que era momento de nadar rápido e ir con mucho cuidado. 
 

Por momentos pensaba como le iban a dar la noticia a mi familia… lo que puede cambiar la vida en unos instantes.


Fui en sprint para evitar las rocas, empezaba a faltarme el aire. La ansiedad y la angustia se disparaban por 1000.

Intenté calmarme, ya tenía despejado el horizonte para volver nadando. Me auto-convencí de que llevando el neopreno era más difícil hundirse, eso me dio la tranquilidad necesaria para afrontar el último tramo hasta acercarme a la playa.

Las olas seguían creciendo y, con ellas, la fuerza del mar también. Comencé a nadar en aguas abiertas haciendo paradas cada cierto tiempo. Mi tranquilidad iba aumentando poco a poco... la playa estaba cerca.

Tardé en llegar a la orilla 20 minutos entre el agarrotamiento, la falta de respiración, el mar revuelto, las paradas,…  más los otros 15 minutos en los que estuve decidiendo pedir ayuda sin saber que hacer, fueron los 35 minutos más largos de mi vida.

Al llegar a la playa me quité el neopreno para poder respirar bien. Tenía una ansiedad galopante. Estaba desplomado. Mi nivel de cansancio era el de alguien que había corrido una maratón con 20 kilos a la espalda. 

surfista en la arena con tabla de surf

Al irse el sol empezaba a refrescar con bastante rapidez. Yo estaba al borde de la hipotermia y mi estado anímico era random. Había instantes que sentía como si acabara de nacer y otros en los que pensaba que había estado al borde de la muerte de forma real.

Aunque intente explicarlo en este escrito la sensación fue inenarrable. Probablemente de las experiencias más desagradables de mi vida.

De todas formas esa noche nací de nuevo. 1 de agosto de 2014. Mi nuevo cumpleaños. 
 

¿Qué hice luego?


A corto plazo salí esa noche. Tenía algo grande que celebrar.
 

A medio y largo plazo.


Por supuesto volví a surfear. Pero sobre todo me escribí a mí mismo los aprendizajes de ese día. Me han servido de forma vital y de forma empresarial.

Os lo enumero aquí:

-    Tenemos más respuestas internamente que externamente. Si miras en el interior vas a encontrar más soluciones de las que piensas. No te infravalores.

-    Las malas experiencias no te deben frenar de hacer aquello que quieres. Simplemente aprende de ello e introduce el conocimiento en el próximo intento. Yo a día de hoy surfeo más que nunca. Nunca más he surfeado solo.

-    Todo lo que ahora es tranquilidad puede y va a cambiar, por lo que debes disfrutar de los logros obtenidos, pero sin relajarte en exceso. Todo lo que ahora es tempestad va a cambiar. Debes ocuparte (no preocuparte) de los problemas. Nada es eterno.

-    La confianza hay que tenerla, pero no debes tener excesos como meterte en el mar solo. Tenemos que correr riesgos si queremos conseguir algo, pero si minimizas el margen de error seguramente el camino será más largo. Los expertos en apuestas dicen que nunca debes apostar toda tu fortuna a una carta. Diversificas y en unas ganas y en otras pierdes, pero en el global, sumas más que pierdes. Porque debes tener algo claro, cuando corres riesgos más tarde o más temprano te vas a equivocar. Así que cuanto menos pierdas mejor

-    No culpes a los demás de tus decisiones o, en mi caso, de mis imprudencias. Cada uno tiene sus realidades y te tienes que poner en sus zapatos para entenderlos. Es mejor tomar decisiones que no tomarlas, porque no tomarlas también es una decisión. Responsabilízate de las mismas.

-    Disfruta del camino que decidas tomar, todo es efímero.

Espero que te haya gustado mi historia. Al menos que te haya dejado también algún aprendizaje. Que las experiencias de algunos sea aprendizaje para otros es algo que a mí personalmente me da tranquilidad.
 

Coméntame alguna experiencia que te haya hecho aprender.



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