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El viaje al paraíso


Francisco Padilla | 09 de marzo de 2022

Puente de madera sobre el mar en thailandia

Imagina por un momento que te despiertas en una cabaña chulísima de madera. Está pintada con colores vivos y es acogedora a la vez que se adapta a su entorno. Te asomas a la ventana y tienes una de las playas más maravillosas del mundo frente a tus ojos. El cielo es azul, hace un sol primaveral, la temperatura es estupenda, hay una brisa muy suave que refresca la piel, … el paraíso existe y lo mejor de todo es que estás en él.

Son las 10.00 de la mañana. Estás de vacaciones fuera de España. No tienes nada que hacer en todo el día excepto ir a la playa, conocer sitios nuevos, experimentar con comida desconocida y relajarte.
 

Te voy a contar las últimas 24 horas de un viaje de ocio. Mi último gran viaje antes de la pandemia.


Estás en uno de esos lugares que tienen la selva al lado de la playa. La arena es blanca, el mar es celeste claro, el agua cristalina y hay un olor a salitre que se mezcla con un aroma a fruta tropical.

Salí de la cabaña a desayunar lo que comen los lugareños. “Donde fueres haz lo que vieres”. Me acerqué a un pequeño mercado donde vendían frutas y zumos naturales. Se ve que allí los desayunos no son muy contundentes. 


Cabana de madera sobre el mar

Compré dos mangos, un coco y dos zumos de piña. Me volví hacia la cabaña dando un paseo por la playa. Allí jugaban los niños a correr simplemente. Es como si volviera a la España de los años 80 donde la imaginación era la que reinaba en las calles. 

Al llegar desayunamos y nos pusimos en marcha. Nos bajamos a la playa y nos dimos un baño para refrescarnos ya que aunque no hacía excesivo calor si había una humedad enorme. La sensación térmica era de 30 ó 35 grados.

Después del baño fuimos a coger una moto de alquiler. Lo llevábamos haciendo todo el viaje y era la forma más cómoda de moverte por un lugar tan salvaje y tan precioso. Llegamos a una especie de cochera donde un amable propietario nos muestra varias de las motos que tenía en alquiler. Todas las motos eran muy viejas y tampoco tenían un excesivo aseo. Al final nos declinamos por la que más limpia estaba. 

El buen muchacho nos pedía un pasaporte como documento de fianza. Ahí entramos en la primera negociación. Yo sabía que si le dejaba el pasaporte a 24 horas de volver a cruzarme media tierra estaba, arriesgando demasiado. No quería coger el DNI pero finalmente cedió en la negociación y me sirvió ese documento.

Allí nos pusimos los dos cascos y comenzamos la última aventura en Asia (por ahora).

Salimos a los carriles y es muy rara la sensación de tener que conducir por la izquierda. Aunque no había mucho tráfico tenía que estar constantemente concentrado para no meterme en dirección prohibida.
 

Todavía recuerdo cuando salimos a la carretera y tuvimos que entrar en una rotonda por la izquierda. Ese fresquito de nervios en el estómago fue parte constante del viaje. 


No lo había dicho pero estamos en Tailandia. Es un país lejano para los españoles, pero muy cercano en la actitud de sus habitantes. Es el país de la sonrisa, el país de la felicidad, el lugar de las playas paradisíacas, un rincón del mundo donde la gente y el estrés no conviven con tanta normalidad como en nuestro mundo.

Dentro de la carretera nos fuimos acercando a la playa. Tened en cuenta que íbamos sin internet, sin geolocalización, sin mapa, … a la aventura total. Nos fuimos por una carretera que a tramos estaba sin asfaltar y descubrimos una escalera que te llevaba a una playa muy pequeña. Paramos la moto, nos quitamos los cascos y vimos bajo nuestros pies una playa paradisiaca. Tenía un pequeño problema. Había que bajar una escalera muy empinada, muy alta (aproximadamente bajábamos de un 5º piso hasta ras de suelo) y sin barandas. 

Al primer tramo lo bajamos con más miedo que disfrute. Yo no soy muy amigo de las alturas pero el riesgo de caer al vacío era real. En este caso era un vértigo racional. A mí me temblaban las piernas pero finalmente concentrándome en bajar los escalones uno a uno llegué hasta la arena. Ufff menos mal!!!

Una vez abajo estábamos los dos solos. Aprovechamos para bañarnos y nadar un rato en esas aguas turquesas que tanto había visto en fotografías de internet. Era y es un lujo al alcance de todos.

Playa paradisiaca

No dejaba de sorprenderme que los tailandeses valoraran tan poco ese paraíso tan cercano para ellos. No solían ir al agua. Quizás a nosotros nos pase lo mismo. Tenemos tanto y tan constante que finalmente dejamos de apreciarlo.

Una vez refrescados nos subimos por un carril que encontramos entre los árboles. Era algo más largo pero bastante más seguro que aquellas escaleras que no sabemos muy bien para que se construyeron. 

Íbamos por mitad de la selva. Separada por unos pocos metros del agua. Pero selva con una densidad de vegetación enorme. Subiendo vimos que había una especie de mirador que tenía unas vistas alucinantes. Allí nos hicimos fotos hasta aburrirnos. Yo no soy un gran usuario de Instagram pero reconozco que aquello invitaba a hacerte miles de fotos. El sitio era precioso. 
 

Seguimos subiendo con la tranquilidad que te da el color verde del paisaje sobre ese suelo azul que es el mar. 


Pero como dice el refranero español: “Que poco dura la alegría en la casa del pobre”. A nosotros para que no nos relajáramos en exceso nos aparece un jabalí en mitad de un carril con la sana intención de darnos una buena dentellada. A mí ya me parecía curioso que en plena selva hubiera un cerdo salvaje, pero lo que me sorprendió era las malas pulgas que tenía aquel gorrino. 

Selva thailandesa

El primer envite lo esquivé como un torero, luego estuve hábil a la hora de sacar comida que llevaba en el bolso y echársela a un lado. Allí se entretuvo un rato, lo suficiente para salir pitando y subir la segunda parte del camino más rápido que si hubiéramos ido en moto.

Aun así él nos estaba siguiendo. Nos montamos en la moto rápidamente y nos fuimos buscando otro lugar más alejado. 

Es verdad que cuando vas con buena actitud todo te parecen anécdotas graciosas. Pero es cierto que nos puso el corazón a 100.

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Buscando otra playa nos cruzamos con un bar de carretera. En realidad era una choza que regentaba una mujer mayor ayudada por su hija. Tenían un porche hecho con tejados de aluminio (tanto paredes como techo). Se ve que dentro vivían ellas. Elegimos dos platos de arroz con diferentes tipos de verdura y carne. Nos costó almorzar 3€ (los dos). En serio, nos pareció excesivamente barato hasta para ser Tailandia

De dentro salió una niña preciosa que era nieta de la dueña. Se acababa de despertar. Venía un poco hinchada pero aún así era preciosa. Nos saludó con el respeto que tienen ellos hacia el prójimo. Nosotros llevábamos chocolates y distintas gominolas. Les dimos unas cuantas después de la aprobación de la madre. 

Tenía el pelo negro, muy negro y la tez oscura. Ojos rasgados y unos dientes blancos que con el contraste con la piel todavía parecían más claros.
 

Es muy bonito pensar que las personas con esa edad no piensan en barreras, ni en territorios, ni en etnias,… ni en ningún otro conflicto de intereses. Es la sociedad y la avaricia la que nos hace una especie tan brillante y tan mala a partes iguales.


Nos despedimos de nuestra nueva amiga y nos dispusimos a ir a un templo budista del que nos habían hablado. Cogimos nuestra moto y sin tener claro donde estaba exactamente emprendimos el camino. Hicimos lo que no tanto se hacía en todo el mundo. Nos parábamos de vez en cuando y preguntábamos. Finalmente, tras tres o cuatro paradas, encontramos esa belleza de pirámide. Era una pirámide con escalones grandes, realizada con grandes piedras y con un templete en la parte superior. Nos subimos a ella y nos apoyamos en sus paredes. Allí nos sentamos en una hermosa armonía.

Puesta de sol thailandia


Aquello respiraba y transmitía paz. Pertenece a ese tipo de religiones que tolera casi todo lo que pase en el mundo, excepto el mal a otros. Allí vimos una de las puestas de sol más impresionantes que hemos vivido en nuestras vidas. Ese sol de verano que no terminaba de ponerse por el horizonte, que se volvía rojizo y que daba un tono dorado a todo lo que “tocaba”.
 

Quizás una parte de ti se queda en aquel sitio y te vuelves con una parte de un “yo” nuevo. Es la grandeza de los viajes, te transforman, te alimentan y te abren mente.


Después de una hora de conectar con nuestro mundo interior nos bajamos y cogimos de nuevo la moto. Ahora teníamos que volver por intuición más que por tener claro el camino. A decir verdad y contra pronóstico, llegamos casi sin equivocarnos. Y digo casi porque solo tuvimos que volvernos una vez. 

Allí entregamos la moto y el simpático dueño nos proporcionó el DNI sin ningún problema. Era noche cerrada. Por lo que nos fuimos directamente a cenar. 

No se nos podía hacer muy tarde puesto que de madrugada nos trasladábamos a Bangkok y de allí nos volvíamos para España. Es entonces cuando yo en la cena hago gala de mi experiencia con la gastronomía tailandesa. Hasta ese momento (llevábamos 3 semanas) lo había pedido todo sin pique (y picaba). Pero yo que ya sabía, o eso creía, que mi estómago estaba preparado para la comida local, le digo al amable camarero que me ponga pique en un sopa thai

Sopa Thai

En la primera cucharada no noté nada, yo creo que mis papilas gustativas no lo vieron venir, pero en la segunda cucharada se ve que la información de la primera había llegado al cerebro. Me bebí un litro de agua del tirón, estaba rojo como un tomate y además había momentos en los que pensaba que me asfixiaba. 
 

Esto lo cuenta alguien al que le apasiona el picante. Con eso os podéis imaginar. Vine con diarrea todo el camino de vuelta. Cuando os digo todo el camino de vuelta son 23 horas de transporte público desde Phuket a mi casa. 


Al volver a la cabaña de la selva, esa que os he descrito al inicio, nos picaron una cantidad de mosquitos tremendos. Los mosquitos eran enormes y con una capacidad de atravesar pantalones y picarte. Había momentos del día y lugares en el que abundaban mucho más. Podías tener 10 ó 12 picaduras por minuto sin exagerar. 

Se ve que había subido la temperatura y los insectos se habían multiplicado. Al llegar a la habitación de la cabaña nos encontramos con que los mosquitos estaban incluso dentro. Esto ya nos preocupó. 

Ni el repelente de mosquitos ni las pulseras anti insectos nos ayudaban en nada. Nos duchamos y no nos echamos ni desodorante ni nada con olor que pudiera atraerlos. Mi compañera se quedó dormida pronto y yo me quedé viendo la televisión un poco más.

Iguana en la habitacion

En ese momento veo una iguana en nuestra habitación. Un reptil de medio metro. Grandísimo. Un bicho prehistórico al que los humanos le tenemos un pavor irracional. Yo no soy muy amante de los reptiles, pero ella les tenía pavor. En ese momento tuve que elegir entre echar a la iguana y que nos comieran los mosquitos o convertirla en nuestra aliada. Opté acertadamente por lo segundo. Le dejé una luz encendida a la cual acudieron rápidamente los mosquitos. Allí se concentraron todos y efectivamente la iguana se acercó y se pegó toda la noche de atracón.

Pocas horas después nos levantamos, cogimos el primer avión (Phuket-Bangkok) y al llegar nos ocurrió otra anécdota por exceso de confianza. Nuestro avión para Málaga salía 7 horas más tarde. Teníamos escala en Moscú y luego hacia nuestro destino. Al llegar nosotros estábamos tranquilos. Vimos que había vuelos desde Bangkok hacia Rusia, Japón, Australia, China,…

Aeropuerto de Bangkok
Gastamos los pocos Baht que nos quedaban, estuvimos comprando regalos, almorzamos, nos cambiamos de ropa, dimos vueltas por el aeropuerto,… matábamos el tiempo como podíamos

Justo una hora antes de nuestro vuelo, nos vamos con tranquilidad a ver en qué puerta nos teníamos que poner. En ese momento nos damos cuenta que no había vuelos a Moscú. Todos eran para el este asiático. Es en ese momento en el que se nos viene a la cabeza que debe haber otros aeropuertos. Lo preguntamos en información y nos dicen que es un aeropuerto que está a 45 minutos de éste.
 

Imaginaos la cara nuestra. Nosotros estábamos al borde del colapso. Llegábamos justos para la Nochebuena si cogíamos ese vuelo. Si no lo cogíamos a saber donde hubiéramos pasado las Navidades. En ese momento dijimos: “Vamos a por todas”.


Salimos a la calle y esperando taxis había una cola enorme de personas. Nosotros les explicamos al que le tocaba entrar y no le dimos ni oportunidad de réplica. Nos metimos y le indicamos al conductor donde nos tenía que llevar.

El buen hombre nos decía que no llegábamos pero no paraba de correr. Íbamos como locos. Adelantábamos a coches por los arcenes. Nos encontramos un atasco y pasábamos como si fuéramos una ambulancia, pitando y esperando que nos dejaran hueco por el margen izquierdo. 

Taxi Thailandia

En mitad del camino nos dimos cuenta que no teníamos Baht para pagarle, así que a la llegada teníamos otro problema. Se lo dijimos y nos dijo que no importaba, que no nos podíamos quedar en Tailandia en unas fechas tan señaladas. 
 

Llegamos al aeropuerto 5 minutos antes de salir el avión. Le pagamos en Euros al taxista aunque yo creo que no nos hubiera cobrado nada. Desde aquí le queremos hacer un homenaje. Chapeau por ti.


El aeropuerto era inmenso. Nos dirigimos directamente a una policía y le explicamos nuestro problema. Nos pasó por una puerta de emergencia y nos quitó una cola de 50 metros de gente esperando. A partir de ahí comenzamos a correr porque el avión salía desde la otra parte del aeropuerto.

Corríamos en sprint todo el tiempo y justo cuando llegamos el avión se disponía a cerrar. La propia azafata nos afeó el que llegáramos tan apurados. Es la única vez que vi a alguien de toda Tailandia con mal gesto. Aún así luego se mostró amable, nos acompañó a nuestro asiento y finalmente emprendimos el camino de vuelta.

Respiramos aliviados.

Es uno de los viajes de mi vida. Probablemente el más importante. Los viajes son sensaciones y éste es de las que mejores me ha dejado en toda mi vida.

Toda esta aventura me dejó varias lecciones y os las dejo por aquí:

-    Nunca pienses que los reptiles son malos porque sí. Hay momentos en la vida en el que te pueden ayudar en otro mal mayor. Con las sociedades es así. Te puedes asociar temporalmente a alguien y sacáis beneficio los dos. Nunca se puede decir de esta agua no beberé.

-    Aunque en el aeropuerto parezca que todo está en orden. Hay que buscar cualquier mínima opción de error. Es probable que alguna vez ocurra.

-    Recuerda la labor del taxista. Hay que estar agradecido con la gente que te da cosas sin recibir nada a cambio. Te está dando algo que no va a recuperar nunca, su tiempo. Es el bien más preciado que tenemos. La solidaridad es algo que hay que premiar.
 

Este texto va por ti. Nuestro taxista solidario.

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